martes, 11 de noviembre de 2014

Semana XXXII - Tiempo ordinario

Evangelio según San Juan (2,13-22)
Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 
Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»
Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» 
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»
Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.»
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

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Hoy se nos habla en el evangelio de tres casas: la primera es la casa de Dios y esta a su vez reúne también otras casas, como nos dice el comentario tan bonito que encontramos en el Magníficat; pero además está la casa del pueblo y la casa de la Iglesia. Una es la casa donde nos reunimos, que es la imagen de Dios pero que es también la imagen del hombre redimido. Otra es la casa de la Iglesia y otra es la casa donde va a morar Dios en el hombre y que es el propio hombre como nos lo recuerda Pablo: “Todos somos templos de Dios”. Ese otro templo, esa otra casa es el cuerpo del Hijo del hombre que se constituye como templo. Estas son las tres casas que tenemos que contemplar.

La reacción que tiene Jesús está interpretada por los evangelistas como el celo por la casa del Padre. Es ese celo por el lugar que Dios habita que es el templo de Jerusalén, lo físico, lo que se ve que está invadido por los mercaderes. Por otra parte, también era normal que estuvieran porque era la Pascua judía y tenían que vender y cambiar para obtener el dinero que se tiene que dar al templo. Había animales porque había que hacer las purificaciones justamente comprando animales. Por lo tanto, ¿qué es lo que pasa para que Jesús se ponga así? ¿Por qué vemos esa violencia que los evangelistas justifican como celo?

Pues justamente nos encontramos con esta violencia necesaria porque el templo se había convertido en la cosa que lo había invadido. Jesús se queja de que el templo se había convertido no en un lugar de adoración y de oración sino en un lugar de compra y venta. Es decir, había habido un cambio absoluto y eso puede pasar también en este templo nuestro que es el templo donde Dios habita.

La primera cosa que quería decir es que cuando esto sucede - porque a veces en este templo nuestro también tenemos muchos mercados mucho lío y poca adoración, y al que habita lo tenemos secuestrado o le hemos tapado y olvidado con todas esas cosas que hemos ido metiendo en este templo - entonces ¿nosotros tenemos esta actitud también tan seria con este templo?

Porque lo que nos revela este evangelio es que el Señor no va a pactar con que el templo, la casa del Padre se convierta en una casa de todo lo contrario a lo que es; con eso no pacta y eso se ve claro. Pero ¿nosotros pactamos? ¿Cuántas veces este templo que somos nosotros mismos lo convertimos en otra cosa y nos quedamos tan tranquilos? O por el contrario ¿nos hemos tomado muy en serio esta inhabitación del Señor en cada uno de nosotros y en los hermanos? Y eso ¿lo trabajamos, lo luchamos? ¿Somos capaces de coger esas riendas de animales que dice que coge y fustigarnos para que este templo de Dios sea templo de Dios y no otra cosa? ¿Esa violencia que vemos en el Hijo del hombre la realizamos también en este templo? Porque a lo mejor cuando yo leo este capítulo pienso: ¡qué barbaridad! ¡Cómo se pone, mira que ponerse así…!

Pero nos pasa que a veces nos vamos haciendo tan blanditos con todo, empezando por nosotros mismos… Tanto así, que todo acto de violencia, aunque a veces sea sana y necesaria, ya nos resulta excesivo. A lo mejor necesitamos también utilizar con nosotros mismos una violencia. El reino de los cielos será de violentos, y esto nos llama la atención y nos preguntamos: ¿pero no era de los pacíficos? De los violentos quiere decir que hablamos de aquellos que no pactan con el mal, de aquellos que no van a pactar con la envidia, no van a pactar con el odio, no van a pactar con tantas y tantas cosas que a veces invaden nuestro corazón y que no nos dejan albergar al verdadero Dios y terminamos adorando a otros dioses. ¡No voy a pactar con la comodidad, ni con la ambición! Nosotros ¿hacemos esa violencia? Y no me estoy refiriendo a coger ahora como se hacía antiguamente un látigo, no me refiero a esa violencia sino a la violencia interior donde doblegamos este YO a veces tan ambicioso, tan cómodo, tan flojo que nos hace muy mundanos; que estamos en medio de todas las situaciones y que en ellas nos encontramos que estamos a gusto con este YO al centro. Esta imagen de Jesús que impacta mucho y que a veces nos hace ponerle en interrogante y cuestionarnos: Pero bueno, Jesús, nosotros nunca te vimos así; y nosotros ¿nos vemos así alguna vez contra nosotros? Porque sé que con los otros lo podemos hacer, con los otros no hay problema para hacerlo, pero con nosotros a veces somos más benévolos y tenemos más justificaciones. Las justificaciones de los otros no las conocemos y pocas veces nos preguntamos, pero con nosotros hay un diálogo tan reconocible que no es raro que no haya ninguna violencia.

Yo os propongo que hoy esta imagen de Jesús la incorporemos en nosotros y digamos: A ver, ¡basta ya que siempre te defiendes a ti mismo y a ti misma! Vamos a ponerte un poquito en entredicho porque siempre te sales con tu razón y siempre tú tienes la razón de todas tus actitudes que quedan plenamente justificadas: mi mal genio, el malestar, la cara que pones a alguien que no te ha satisfecho, el no sé qué… y todo queda justificado.

Bueno, pues vamos a ponernos en entredicho. Vamos a ver la imagen de Jesús, y recordar que de vez en cuando me hace falta a mí también meterme en un poquito de violencia contra mí mismo y ponerme en entredicho; porque ¡ya está bien! ¡No tienes siempre la razón ¡No actúas siempre bien! ¡Esto, merece que lo revises! ¡Sé un poquito más serio!

Yo creo que nos viene bien a veces ser violento con nosotros mismos. No sé si os ha pasado alguna vez que contra nosotros mismos hemos tenido que dar un golpe en la mesa y hemos dicho: ¡Se terminó! Ya está bien! A lo mejor no te ha visto nadie ni le has dado en la mesa de ninguna parte, pero tú interiormente te has dicho: ¡Hasta aquí! Pero bueno, vamos a ver, ¿hasta cuándo voy a ser yo quien mande en esta vida? Atended un poco a esta sana violencia.

Y por último, el texto es muy bonito porque los discípulos interpretan que Jesús está hablando de su propio cuerpo, esta casa de Dios, este cuerpo suyo que va a ser destrozado y luego va a ser invadido por la fuerza del Espíritu que le va a volver a levantar en tres días. Contemplad también lo que hacemos con el cuerpo de Cristo, contemplad lo que este mundo está haciendo con el cuerpo de Cristo en sus mártires, en todo medio Oriente que están muriendo cristianos por defender la fe, contemplad lo que se hace con el cuerpo de Cristo en nuestro ambiente, esta vida fácil que llevamos donde el cuerpo de Cristo no es tenido en cuenta y que está cada vez crucificado. Vamos a atender a este cuerpo que es el nuestro y coger las riendas y con compasión, con misericordia contemplar el cuerpo de Cristo que está hoy también invadido de mercaderes y que en algunos pueblos los están matando en grupo.



Hoy es un día grande, es el día de la dedicación de la Basílica de Letrán, la primera de las basílicas, la madre de todas las basílicas, donde estuvo el Papa antes del Vaticano en la colina Lateranense. Vamos a concentrar la mirada y pedir también por el Papa, por la Iglesia universal por esta Iglesia a la que el Señor le prometió que nada la podrá derrotar.

martes, 28 de octubre de 2014

Comentario al Envangelio

Comentario al Evangelio.  Semana XXX del tiempo ordinario

La palabra de hoy es un evangelio que para nosotros los cristianos es la clave de todo, la clave de bóveda sobre la que se va a apoyar todo el arco.
Cuando le preguntan a Jesús cuál es el precepto fundamental de la ley, Jesús responde con el precepto fundamental  de la ley. Había tantísimos preceptos que podría haber escogido cualquier otro, pero coge este y esto ya es una elección designadora. Este es entre todos el primero: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Este es un precepto muy parecido a otros que en el mundo oriental y en otras civilizaciones ya existían en el tiempo de Jesús, es decir esto no era lo nuevo.
Lo nuevo lo vamos a escuchar un poquito más tarde y con otras preguntas, otras cuestiones y con otros intereses, donde Jesús va a desplegar realmente cuál es el precepto de la nueva ley. Este precepto es cojo, porque si amáramos al prójimo como yo me amo a mí mismo no sabría amar; si la referencia es como yo me amo a mí, es un amor muy limitado, porque yo sé cómo me amo a mí. Si todos los que estamos aquí miramos ese amor de cómo me amo a mí sin duda diríamos: “No, este no puede ser el modelo, de ninguna de las maneras puede ser el modelo, porque yo a veces no encuentro motivos para amarme porque yo por mí mismo no puedo encontrar las razones ni siquiera para salvarme de muchas acciones mías cometidas en mi vida. No soy el modelo, la referencia no es esa.”
En este evangelio Jesús lo deja muy claro el mayor precepto de la ley: Amarás al Señor por encima de todas las cosas y amarás al otro como yo te he amado.
El punto de comparación es distinto: no es como yo me amo a mí, como yo te amo a ti sino que a partir de ahora, como Él me ha amado a mí intentaré amarte a ti. La referencia ha cambiado totalmente, el punto de comparación ya es otro pero además hay una clave fundamental ¿Y si yo no he conocido ese amor? ¿Y si yo no he creído en él? Por eso encontramos que San Juan la clave del amor la pone en estas palabras: “Hemos creído  en el amor” porque cuando uno tiene experiencia de que le han amado a él con un amor como el de Jesús, pleno, total, infinito, incondicional, esa sí que es la clave de bóveda, ese amor te capacita para amar. ¡Haber creído en ese amor!
Dice San Juan ‘haber creído’ porque el Señor nos ama pero ¿y si yo no lo creo? ¿Y si yo me empeño en no creerme ese amor? No podré amar, me he incapacitado para amar y San Juan con esa sabiduría que tiene da en la clave cuando dice: Es que nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene y por eso podemos amar.
A veces empezamos a amarnos cuando alguien nos dice: te quiero. A veces decimos: yo creo que soy un desastre, pero si alguien que me quiere me dice ‘te quiero’, me provoca lágrimas, me hace pensar que posiblemente sea como la otra persona dice, empiezo a cuestionarme mi falta de amor a mí y digo: el amor que me viene de un Tú, de otro, es el único que puede ratificar mi Yo en la vida, porque yo no tengo a veces posibilidades de llegar a la verdad.
Pues que será cuando yo he conocido el amor de Dios y el amor de Dios me ha nombrado por mi nombre, me ha elegido, me ha revestido, me ama constantemente, me lo dice, me acompaña con ese amor. Evidentemente si yo creo en ese amor, ese amor me capacita para amar.
Confiad en el amor, en el verdadero amor, aunque para llegar al verdadero hay que dar a veces muchas vueltas. Pero hay que apostar por el verdadero continuamente porque es por lo que estamos aquí: para encontrarnos con ese amor de Dios. Ese es el fundamento: Dios es amor, y es por donde hay que empezar la catequesis.
Haber conocido este amor nos hace entrar en la dinámica de este amor. Si no, es imposible. Y habernos creído no que el amor parte de mí y que yo soy la referencia del amor, sino que la referencia del amor está arriba, es Él y creo en ello. Esto es una dinámica que me hace capaz de amar, porque no hago más que recordar cómo me han amado a mí y entonces inmediatamente yo me pongo a amar como me han amado a mí, como Él nos ha amado. Amaos los unos a los otros no como os amáis los unos a los otros a vosotros mismos; amaos los unos a los otros como Yo os he amado.
Vamos a ponerlo en práctica, vamos a vivir así porque cambia todo y para esto hay que estar mirándole a Él, mirando a Jesús porque se nos olvida, pero es verdad que el mundo cambia con esto.


Este es un tema esencial del corazón y de la vida, vamos a agradecer esta página y todas las páginas del evangelio que nos van desglosando y enseñando este amor de Dios.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Domingo 12 de octubre 2014

Comentario del evangelio

El evangelio de hoy habla de algo a lo que todos estamos llamados y que es una invitación estupenda, magnífica. Es un banquete de bodas y es el banquete de bodas del Hijo del Rey. Es decir, el Rey pasa la invitación a todos, el Rey ha preparado una fiesta muy grande para el Hijo. El Hijo es el centro de este banquete, pero hay que descubrir a quién se va a invitar a este banquete.
La primera parte es espléndida porque nos muestra a este Rey que manda toda clase de mensajeros y los manda al mundo entero, por todos los caminos, por todos los cruces de los caminos, verdaderamente es un rey generoso. También llama la atención la otra parte de esta parábola que nos habla de los invitados a la boda. Nos muestra que aquellos que van como mensajeros, encuentran que aquellos a los que invitan, tienen mucho que hacer y no pueden ir a la boda, o no aceptan la invitación; otros la acogen con una gran indiferencia que muestra que no les interesa. Además, hay otros al final, en la segunda parte -que para mí bautiza este domingo- que la aceptan y van a este banquete, a esta invitación, pero no tienen en cuenta la invitación y se van a aprovechar del banquete: van a comer aunque no lleven el traje para la boda.
Este es un texto tremendo porque nos habla de una bondad sin límites y universal y de la acogida que tiene esa bondad. Esta parábola es un aviso de que no se nos ha invitado a una fiesta cualquiera, sino que es la fiesta pascual, es la Pascua, es el día de la salvación y esto es todo domingo; es todos los días del cristiano.
Por otro lado, ¿cómo reaccionamos nosotros? ¿Cómo acogemos nosotros esta invitación? ¿Nos aprovechamos de ella y la vivimos de mala manera, aprovechando que estamos dentro y no ponemos nada de nuestra parte? ¿Qué quiere decir la parábola?
Pues que de Dios nunca va a faltar la invitación, pero que sí hay un requisito y ese es la acogida; y que muchos no lo podrán acoger para nada y otros la acogemos medianamente. Es decir, la parábola incide en estas dos cosas: en una gran abundancia para todos, teniendo en cuenta que Jesús se lo está diciendo al pueblo judío y les está recordando la historia. A ellos los han invitado desde hace mucho tiempo con los profetas y los invitarán ahora más porque es Él mismo el que los está invitando. Y ante esa abundancia, encontramos la respuesta del hombre, que Jesús la retiene como insuficiente, es decir que el hombre, por lo que sea, no está acogiendo esta invitación.
Bien, pues vamos a entrar en este domingo mirando y contemplando a este Rey magnífico, a esta Boda a la que hemos sido invitados, a este Esposo, a esta Esposa que es la invitada.
Además, algo más que quiero compartir es que el rey manda a sus servidores salir por segunda vez para convocar a los que no están. En este papel estamos todos nosotros, en el papel de estos servidores que no temen ya ser perseguidos ni maltratados y que sin embargo se tiran a los caminos porque el rey tiene preparado un banquete. Nosotros somos aquellos servidores que tenemos que anunciar que el banquete está servido y que vamos hasta donde Él quiera: a nuestras casas, a nuestras familias, a nuestros lugares de trabajo a anunciar que estamos invitados a un magnífico banquete, a una gran fiesta. Fijaos cómo se presenta el mensaje cristiano, de qué manera tan bella, ¡a una gran fiesta!
Que este domingo sea para nosotros de concentración de este magnífico Rey, de este Esposo que está esperando a los invitados. Por eso nosotros podemos hacer cuentas de ¿cómo me presento yo a esta boda? Los Padres de la Iglesia han visto siempre que incluso los que estamos dentro vivimos una visitación interior y por eso mismo es importante meditar ¿hasta qué punto estamos dispuestos a acoger al Señor? Tenemos nuestras comodidades, nuestros “hasta aquí”; medimos lo que le vamos a dar a Él. ¿Cómo es este trato con Él? Cómo es su presencia del banquete?

Además, también podemos estar llamados a ser servidores y buscar a los que faltan en el banquete. Para ello, tenemos que buscar la palabra, el gesto adecuado para que los que están lejos vuelvan al banquete. Tenemos mucho que hacer porque la cristiandad jamás está en paro, porque la profesión del amor no cesa y hoy también tenemos este quehacer y tenemos la invitación al banquete del Rey.

martes, 23 de septiembre de 2014

Domingo XXV, tiempo ordinario

Evangelio según San Mateo 19,30.20,1-16. 
Jesús dijo a sus discípulos: «Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros. 
porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña.
Trató con ellos un denario por día y los envío a su viña.
Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza,
les dijo: 'Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo'.
Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: '¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?'.
Ellos les respondieron: 'Nadie nos ha contratado'. Entonces les dijo: 'Vayan también ustedes a mi viña'.
Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: 'Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros'.
Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario.
Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario.
Y al recibirlo, protestaban contra el propietario,
diciendo: 'Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada'.
El propietario respondió a uno de ellos: 'Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario?
Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti.
¿No tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?'.
Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos». 
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Comentario 
Quería apuntaros dos cosas de este evangelio que es un evangelio importante por tratar del Reino de los Cielos.
A mí me ha sorprendido el gran protagonista de la parábola que es sin duda este dueño, el propietario de la viña. Es asombroso este propietario que se sale de nuestros límites, de nuestros modos, de nuestras justicias; es algo nuevo y tenemos que atenderle porque nos va a decir algo que es absolutamente desconocido para nosotros. Siempre es desconocido para el corazón humano que es tan limitadito, tan corto y a veces tan mezquino; que tiene un rasero como muy guardadito; está muy bien hecho, muy chiquitito, muy pequeñajo...
El propietario de esta viña es impresionante y merece la pena que estemos en la oración solamente contemplando este detalle que es difícil que pase desapercibido. Se habla de un propietario que al parecer, salió a contratar a primera hora, salió otra vez a media mañana, salió de nuevo hacia mediodía, salió otra vez en la tarde. Esta es la continua atención al hombre. Este propietario, que a primera hora contrata un montón y si le sobra alguno ya le despedirá a la mitad del día, pero que continuamente está saliendo.
Este Dios que está saliendo de sí, ha salido a buscarte.
Lo primero que me asombra es que como dice el texto: ha salido a las horas más importantes del día. El judío habla de siete horas, el romano habla de cinco. Jesús ha cogido las judías, es decir, ha salido a Prima, a Tercia, a Sexta y a Nona - así aparecen cuatro horas - y al final, en la penúltima hora, es decir en Vísperas. Ha salido a todas las horas del día que están contadas, diseñadas, las Horas que son las horas propias en las que el hombre hacía la oración; y en todas ha salido a buscarte.
Por lo tanto, lo primero: la extrema atención de un Dios que continuamente está buscando al ser humano. Vamos a preguntarnos también nosotros si estamos atentos a estas búsquedas, a que Dios sale a todas las horas del día a buscarme. No nos vamos a remitir solamente a las horas de la vida, a los tiempos de la vida, sino a las horas del día: cuántas veces ha salido a buscarme a mí en un día y yo no lo vi, o estaba en otras cosas… Esta es la primera conciencia que habría que tener.
Es un Dios que va a buscar al hombre, un Dios que le busca en todas las horas del día, que le busca en todas las etapas de la vida. Va a buscarte cuando eres joven, cuando eres mediano y cuando eres mayor. No va a desechar una hora humana, siempre va a salir a buscar al hombre.
La siguiente cosa que me llama la atención es que seguramente los de la hora penúltima eran los paganos. Decía: “a los que ya no tiene ni trabajo para ellos”. Es curioso que a última hora del día, al atardecer, vaya y salga a buscar. Va a buscar hasta a los paganos. No remitamos solamente la parábola a estos que vienen a última hora, sino que también a los que se encuentran con Dios a última hora y Dios los acoge. La parábola es muy amplia, habla también de los paganos. Jesús está diciendo que también va a buscar a esos.
Llama la atención esta primera salida: salida a cualquier hora; pero llama también la atención que les va a pagar lo mismo. Dios no tiene una justicia distributiva. Este es el cambio de su justicia a la nuestra que está pendiente de un mérito: has hecho esto, pues entonces te pagaré lo ajustado por lo que has hecho. Dios ajusta el pago, y el pago al hombre es siempre el mismo. Pendiente de su bondad, el pago al hombre no será otra cosa que el Reino de los Cielos. Y ¿cuál será la condición si nos van a dar lo mismo? Pues que a la hora que sea, tú respondas a la proposición con un sí. Esta es la única condición que pone la parábola: que se responda con un sí. Porque Él siempre va a salir a buscar a la hora que sea al ser humano, al desocupado, al que está sin trabajo. Esta es la historia del hombre que todavía no ha encontrado su destino y que Dios le sigue buscando porque le sigue dedicando atención al hombre que ha perdido la jornada. Esto es muy duro porque, sin embargo, todavía no le recrimina sino que le pregunta: ¿estás dispuesto a venir a mi viña? No le interesa si queda mucho trabajo por hacer, sino que lo quiera hacer y por eso pregunta: ¿estás dispuesto a venir a mi viña?
Esta proposición última de los evangelios tan tremenda nos llama a todos la atención. Este buen ladrón que en un momento dado se encuentra con este pago: "hoy mismo estarás en el paraíso". Este es el pago a una proposición: el haberme reconocido aquí en la tierra y aunque en el último instante, la gracia es la misma.
Es impresionante ver esto. Es tocar el corazón de Dios. Dios es así y nosotros no lo somos. Nosotros pagamos méritos. No tenemos el mismo pago siempre, sino que para nosotros depende de cómo nos traten; ni siquiera del valor que tiene. Esto no tiene nada que ver con cómo actúa el hombre, con el corazón del hombre. En cambio, Dios va a ser siempre el mismo.
La parábola pone de manifiesto al gran protagonista: solamente mirándole comprendes que lo otro es una mezquindad. Así nos pone de manifiesto el corazón humano, que realmente es de otra manera; es distributivo y es capaz de pensar y decirse: "¿A ocho horas un denario? ¿Pero cómo? ¿No dijiste que a una hora un denario? Y ¿cómo no dijiste eso?, porque a lo mejor nos habríamos puesto en la hora esa." Si el corazón humano dice eso por el que solamente obtuvo por una hora un denario, es que está pensando que él a lo mejor habría hecho lo mismo; fíjate si es mezquino. Está claro que aquí la parábola ha pillado la pobreza humana que siempre está pensando en el mínimo. Muestra que el corazón humano nunca piensa en el máximo, no piensa por ejemplo en que a lo mejor el precio era excesivo, también incluso para los que a lo mejor trabajaban todo el día. A lo mejor ese denario era mucho para el trabajo de un solo día y no te alegras de que todavía sea más abundante para aquél que llegó a última hora, porque para él seguro que es súper abundante y muestra que no fue rácano contigo. Un denario era a lo mejor el salario de tres jornadas; es decir que el amo había sido a lo mejor bastante generoso con todo el que iba a trabajar. ¿Y al final se queja, cuando estaba perdido, cuando estaba solo en la plaza y ya no tenía a nadie que fuera por él?
Este es el corazón pequeñajo, raquítico, mezquino, envidioso del ser humano. Esta parábola pone en contraste el corazón de Dios y el corazón del hombre y nosotros podemos ver en este espejo cómo es nuestro corazón. ¿Medir con el rasero del corazón de Dios o medir con el rasero del corazón del hombre que siempre está viviendo la insatisfacción y que siempre es poco?
Esto es lo que muestra la parábola en el fondo, que nunca estamos contentos. ¿Por qué no dice en ningún momento la parábola: "Este recibió un denario, pero este también; ¡qué bien un denario; qué contento estoy yo con mi denario!"? Pero no es así, porque si el hombre ha recibido lo mismo que yo, yo no estoy contento con mi denario. Es decir, no hay ni un rasgo de satisfacción por parte del hombre que ha recibido.
La parábola es demoledora; es el corazón humano que solamente está mirando lo que se hace con el otro. ¿Por qué no dejas en paz a este Dios que actúa con el hombre y tú te miras a ti mismo? Es una parábola que corta un pelo en diez.
Durante esta semana vamos a pensar en esto: que Dios llama no cuando quiere, porque a lo mejor Él querría habernos tenido a todos en Tercia y en Prima, pero es insistente. Es impresionante lo que muestra esta parábola : que vuelve a salir y vuelve a salir a media mañana, a mediodía, por la tarde, al atardecer, al anochecer… Esto es un obrero, esto no es un propietario. Esto es un obrero de los viñadores. Es un Dios que no cesa en el día a día, en toda nuestra existencia de llamar a aquellos que no le conocen, a muchas naciones, y tiene la misma misericordia para el que encuentra a Prima y para el que le va a encontrar a última hora. Esto es lo que no puede entender el que reciba el mismo salario y que a lo mejor parezca el mayor: esta es la generosidad de Dios. Vamos a quedarnos contemplando esto, este Señor que siempre nos busca y busca a toda hora. Y vamos a contemplar también este diario encuentro. ¿Yo me encuentro con Él?
Y además vamos a pensar en este corazón humano que siempre está en alarma - esto es una cosa increíble - para pensar que no se hace justicia con él. Es increíble la profesión a abogacía que tenemos todos los seres humanos. Esta justicia distributiva que nunca reconocemos en Dios y que parece que Dios siempre lo hace mal. Cuando los hombres entre nosotros nos manipulamos de tal manera que acabamos haciendo lo que a mí me apetece, desautorizamos. Estamos perdiendo las relaciones, estamos matando la libertad. Cuando nos recriminamos entre nosotros y sobre lo que me dan y lo que no me dan, con esa justicia distributiva que yo creo que tienen que hacer conmigo y siempre, siempre juzgo hacia la baja con una gran insatisfacción y nunca generosamente con lo que me dan. Y me parece más lo que me quitan que lo que me dan, a todos los niveles de la vida. Cuando siempre me parece escaso lo que me da el otro. Hay que tener mucho cuidado porque está el corazón mezquino del hombre respondiendo; mientras que Dios no actúa así. A Dios le parece siempre suficiente lo que le da hasta el que trabaja para Él una hora; un segundo le parece suficiente.

Vamos a cuestionarnos esta semana: ¿por qué parece que nunca estoy contento con lo que me hacen?, ¿por qué parece que siempre tengo una insatisfacción, cuando puedo valorar lo que me dan como este Dios que me da siempre? Así generaríamos relaciones de muchísima gratuidad y de muchísima gratitud, relaciones muy felices porque siempre sería demasiado; siempre me están dando más de lo que merezco. Esto es hacer lo que Él hace.

lunes, 15 de septiembre de 2014

"Exaltación de la Santa Cruz"

Hoy es un día grande: es una fiesta de la Iglesia en la que recordamos otro día grande dedicado a la Cruz, el Viernes Santo; hoy es la Fiesta de la Exaltación de la Cruz.
Hoy me he quedado sorprendida con las palabras del Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo…” y también esta otra: “Nadie ha subido sino el que bajó”.
Cuando éramos pequeñas, en las farmacias de abolengo de Talavera exhibían en el stand frascos de cerámica en blanco y azul (porque estábamos en Talavera) en los que había una serpiente, o un mástil rodeado por una serpiente, y en algunas otras había una cruz y una serpiente rodeándola. Creo que esto para todos, cuando éramos niños, nos ofrecía una interrogante: ¿Por qué hay serpientes en estos frascos? Y además: ¡en todos! Porque si hubiera en uno una serpiente, en otro un león, en otro un búfalo, es decir, distintas imágenes… Pero no era así, sino que siempre era la serpiente. ¿Por qué había una serpiente? Es realmente muy contradictorio que en un sitio en el que te van a curar, haya una serpiente.
Cuando escuché la historia de Esculapio, a mí me llamó mucho la atención. Era este dios griego que era el único dios herido. Tenía unas heridas y de esas heridas rezumaba un néctar. Todo aquel que estuviera enfermo, al tocar ese líquido, quedaba sano. Tanto es así, que existían en la antigua Grecia, en la zona del Peloponeso, muy ocultos en la espesura, en lugares muy altos y rocosos, templos muy pequeñitos en los que estaba la figura del pequeño Esculapio, y la gente llevaba sus ofrendas, las dejaba para curarse, y curarse de enfermedades que ahora mismo conocemos pero que entonces eran terribles y no había antídoto. Curiosamente, la leyenda contaba que bastaba con tocarle a él y, sobre todo, con mancharse de su efluvio para curarse. En el templo, a los grandes enfermos los encapsulaban con ramas de hojas y los ingresaban en habitaciones llenas de serpientes, porque creían que una de las serpientes tenía el antídoto para su enfermedad. Esta era la práctica en los templos de Esculapio.
En la Primera Lectura aparece otra práctica con serpientes que es justamente la del pueblo de Israel; que cuando son picados por la serpiente, Yahvé les dice que hagan un estandarte con una serpiente de bronce. Esta es la historia de la esperanza: el hombre ha sentido que en su enfermedad alguien debía llegar a curarle, alguien tendría que tener el antídoto. Lo curioso es que en esta historia de esperanza el antídoto era igual de paradójico que en la historia de Israel, porque lo que nos cuenta justamente el Evangelio es que la historia de la esperanza se logra y se cumple gracias a una historia de amor entre Dios y el hombre: “Tanto amó Dios al mundo…”
Tanto amó Dios al mundo que no había otra esperanza sino que el mismo Dios del seno de la Trinidad bajara, para que subido en una cruz como la serpiente aquella de bronce, hiciera que esa humanidad querida se elevara, se levantara otra vez.
Tanto amó Dios al mundo que le amó hasta el extremo, y el extremo fue la cruz. Por lo tanto, ¡Oh cruz!, ¡O crux! Ave, spes unica! como decían los Padres, como dice Pablo: la única esperanza!
Se juntas dos historias, se juntan dos caminos: la larga y dolorosa y valiente esperanza resistente del hombre que siempre ha pedido un médico desde toda la eternidad, desde todas las civilizaciones… “Alguien tiene que poder curarme.” Esa resistente esperanza se logra, se culmina justamente en una resistente historia de amor de Dios con el hombre que tanto le ama que le cura con el antídoto de la serpiente subida a la cruz, haciéndose Él mismo el mal, el antídoto.
Cuando después de todo esto tú miras a Cristo y realmente mirándolo te das cuenta de cuántas veces te cura y aun sin mirarlo, sabes que por ahí pasa tu curación. Todas las victorias son historias de esperanza que anunciaban algo: esta es la realidad.
Pues hoy lo que tenemos que hacer es festejar esa realidad. Hoy es el día de la fiesta del amor de Dios que tanto nos ama que deja la Trinidad y baja; que tanto nos ama que se abaja hasta ser alzado y tanto nos ama que arrastra a toda la humanidad venciendo al pecado y a la muerte.
Hoy, por lo tanto, es un día de fiesta muy grande. El Viernes Santo no lo vivimos así, lo vivimos con mucho cariño pero lo vivimos y lo queremos vivir con los discípulos que pierden. Nosotros hoy no perdemos, porque este es el Cordero que entra en el Paraíso, hoy es el día en el que podemos decir: hoy es un día grande; sabemos por qué estás ahí en una cruz, lo sabemos!
Yo os pido que esto sea una realidad en nuestra vida, que esto lo vivamos a fondo. Este es el camino y lo que vino a decirnos la Cruz es que la muerte ya no tiene la última palabra. La cruz es un paso - como dice Melitón de Sardes, y como se lee el Viernes Santo en el Oficio de Lectura y que se nos ha grabado en el corazón - esto es un paso que hay que pasar.

Vamos a contemplar a este Esculapio, a esta serpiente de bronce, a este Cristo amado también por nosotros hasta el extremo.

"Exaltación de la Santa Cruz"
Madre Prado. Monasterio de la Conversión
Transcripción del comentario al evangelio en la mañana del domingo.

Vade retro...Domingo XXII

En el evangelio de este domingo XXll me ha llamado la atención algo muy novedoso y que nunca antes había meditado, y es este: “Jesús se volvió y dijo a Pedro: Quítate de mi vista.” La traducción que se traduce de los 70 es en latín: vade retro que significa “ponte detrás”, es decir “quítate de mi vista” y que significa no te puedes quedar al lado.

Sobre esto es sobre lo que he meditado; este ponte detrás que pide el Señor a Pedro y que es algo así como decirle a Pedro: no quieras ser tú el maestro, sé discípulo, tú eres el discípulo; ponte detrás.Curiosamente vade retro es la misma palabra que utiliza cuando hace el llamamiento a los discípulos: “Seguidme” significa vade retro, ponte detrás de mí.

Algo que a mí me ha parecido muy novedoso y que ha sido el foco de atención, aunque por supuesto el texto evangélico tiene muchas más lecturas, es este: “Ponte detrás de mí” no quieras ser maestro, sé tú lo que eres: mi discípulo; porque curiosamente es de lo que luego va a hablar: ¿Qué tiene que hacer el discípulo? Este Pedro al que poco antes lo nombró piedra y que ahora se convierte en una piedra de tropiezo, entonces ¿Qué significa ser discípulo en este tiempo?

Lo que le dice Jesús a Pedro es que si quieres ser mi discípulo tienes que aceptar el misterio pascual por el que voy a pasar; es decir le anuncia lo que será: moriré y resucitaré y tendrás que aceptar mi muerte.

Podríamos entonces resaltar en este texto la importancia de aceptar la muerte del maestro por el discípulo y todo lo que conlleva que a un discípulo le digas que su maestro va a morir, ahí se derrumba todo si el maestro es el maestro y el discípulo el discípulo es decir, porque si se han trocado los papeles, no se derrumba nada y si afinamos aún más descubriremos que es esto lo que le está pidiendo Jesús a Pedro; es que acepte y acoja el misterio pascual que tiene muerte y resurrección y que para llegar a la resurrección acepte la muerte del maestro que es un misterio.

Por lo tanto como primera consigna les pide por lo tanto aceptar que no se puede confesar a Jesús como hijo de Dios sin aceptar el kerigma, esto es, que habrá una muerte y una resurrección, entonces principalmente la primera consigna del discípulo es: “de que todo aquél que me confiese como hijo de Dios tendrá que aceptar la pascua”

Y como segundo misterio que me ha parecido más interesante y concreto todavía es que cuando nosotros confesamos que Él es hijo de Dios y asumimos y aceptamos que Él vivirá y pasará una pascua el texto no se detiene ahí, sino que Jesús anuncia que el discípulo también va a pasar esa pascua y la tiene que pasar, por lo tanto; sé discípulo, vade retro, ponte detrás.

Sé discípulo mío y no me digas esto o aquello, ¡no me digas lo que tengo que hacer por favor! tú ponte detrás, no le digas a Dios como tiene que hacer las cosas, no le digas a Dios como tiene que hacer y si te produce insatisfacción y le cuestionas con preguntas: ¿Pero cómo puede ser? ¿Pero cómo haces esto? ¿Cómo se te ocurre? ¿Pasar por aquí? Porque si a ti te produce insatisfacción no me corrijas a mí que soy tu Dios y Señor, yo soy tu maestro no me corrijas, yo sé muy bien lo que tengo que hacer; fijaos ¡Qué fuerte es esto!

Y mientras lo estaba meditando pensaba en todas las veces que nosotros le hacemos esto a Dios, pensaba en la multitud de cosas personales que nos gustaría que fueran de otra manera y nos gustaría que las cosas se hicieran a nuestra manera y Dios cuantas veces con su silencio y humildemente nos muestra su palabra y nos dice: ¡Déjame hacer a mí aunque te cueste! y aprende a amarme como debes, porque tu amor te equivoca y a veces nuestro orgullo y nuestra inmadurez nos hace pedirle a Dios una historia sobretodo sin dolor y sin muerte, sin insatisfacción, sin nada y solo a mi manera.

Esto es lo primero que me gustaría que pensáramos; vamos a dejarle a Dios hacer las cosas a su manera y nada más y vamos a escuchar a este Dios y a oírle decir: “Ponte donde te conviene ponerte; que yo voy delante, yo soy el maestro y tú eres discípulo, acoge mi camino pascual”.

Y la segunda cosa es esta página de discipulado que es excepcional: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar la vida entera, si pierde su vida? ¿O qué podrá hacer para recobrarla? Porque el hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre y entonces pagará a cada uno según su conducta.”

Deja a dios que page; tú pierde, ofrece la vida, convierte la vida en oblación, no en una resistencia, no en un continuo: yo quiero que las cosas se hagan a mi modo. Deja a dios que sea el maestro y vamos a seguirle a Él.

Ésta es una página esplendida sobretodo sabiendo que entendéis lo que va delante y lo que va a venir después en las páginas del seguimiento al señor, ésta es una página en un estilo de corrección, con expresiones muy fuertes porque utiliza la palabra Satanás; aquí el evangelista no omite esa palabra que tuvo que dejar a Pedro petrificado, nunca mejor dicho, lo dejó en su sitio. Satanás que significa: estás pensando no como Dios, tu pensamiento no es de Dios, escudriña tu corazón porque en tu corazón hay algo que no habla de Dios y eso es muy fuerte; sobretodo porque tendríamos que ir a nuestros modos de hacer y de pensar cuando son a modo de Dios o cuando son a modo de nosotros: a modo de Dios aunque nos cueste mucho al final nos dan la paz y cuando son nuestros modos continuamente estamos en guerra, en lucha, en un roce continuo porque nada nos parece bien de las cosas que nos afectan en el día y conmigo.

Bueno, Yo creo que es un texto tremendo cuanto más medito en él más me imagino la escena y más veo el corazón de un discípulo que es corregido por el mismo maestro y a su vez veo un maestro que no teme a su discípulo decirle por donde hay que pasar para hacer un buen discipulado.

Por lo tanto yo os propongo que en esta semana este llamamiento al señor lo oigamos escuchándole a Él decir: Déjame a mí hacer como yo quiero, aunque te cueste, aunque te duela, a lo mejor ahora no lo entiendes pero algún día lo entenderás.

Esto es lo que pasa en el texto, y si no entiendes ahora que hay que pasar por la cruz no lo vas a entender si te lo digo ni para tu propia vida porque para seguirle hay que pasar por la cruz y el premio es este: va a pagar el Padre.

Vamos a escuchar a este Señor que es un Dios que al que ama corrige y reprende y enseña la verdad; es muy fuerte pero enseña la verdad y a veces nos hace falta también en nuestra vida ser fuertes en nuestro seguimiento a Jesús y estirar un poquito más la cuerda y tener un poquito más de conciencia.

Esta no es un página de descanso porque a Pedro lo dejaría sobretodo muy humillado delante de todos los demás, porque él se lo dice aparte, pero Jesús le hace ir frente a todos y frente a todos les dice: Vade retro Satán; es decir es un página muy fuerte para Pedro y en Pedro estamos todos y todos necesitamos saber quién nos guía en el camino y como nos tenemos que posicionar ante este Dios. Ésta página es una página para tenerla en cuenta y es muy fuerte porque lo que se le dice a Pedro se me dice a mí y se te dice a ti, esto no es un texto para ver en el otro, son páginas de enorme exigencia en el seguimiento y esto va a requerir una sana violencia y esa violencia no es la violencia de las armas es esta violencia que cuando a ti te apetece ponerte delante y ser el juez, Él te dice: ¡Ponte detrás!

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Feliz Domingo
Monasterio de la Conversión.



jueves, 3 de junio de 2010

X Semana


AMBROGIO, Dall'Esposizione del vangelo secondo Luca VI, 69-76. 84. 86

Signore Gesù, se tu volessi, non rimandare costoro digiuni insieme con me ma, distribuito il cibo, tu li nutrissi, perché, resi più forti dal cibo che doni, non possano aver paura di venir meno per il digiuno! Oh se anche per noi tu dicessi: Non voglio rimandarli digiuni.

E il Signore Gesù distribuisce i cibi. Anzi, Egli vuoi darli a tutti, non li rifiuta a nessuno; è Colui che a tutti dispensa. Ma mentre spezza i pani e li dà ai di­scepoli, se tu non stendi la mano per ricevere la tua parte di cibo, verrai meno per strada né potrai attri­buire la tua colpa a Lui che ha compassione e distri­buisce…

Questo pane che Gesù spezza - e in senso mistico è senz'altro il Verbo di Dio e il parlare di Cristo -mentre si divide, cresce; Egli infatti con parole scarne amministrò un cibo che fu sovrabbondante per tutti i popoli. Ci ha dato le sue parole come pane, che mentre le assaggiamo ci si moltiplicano in bocca. Questo pane, inoltre si ammucchia palesemente anche se in modo incredibile mentre si spezza, mentre si distribuisce, mentre si mangia, e non se ne avverte alcun calo....